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La autoridad de competencia británica ha obligado a Google a dar a los medios el control sobre cómo la inteligencia artificial usa sus contenidos en las búsquedas. Es la primera vez que un regulador rompe el dilema que asfixiaba a los editores: aceptar los resúmenes de IA o quedar fuera del buscador. El precedente apunta a Europa.

Durante meses, los editores se han enfrentado a una elección imposible. Google empezó a colocar resúmenes generados por inteligencia artificial —los llamados AI Overviews y, después, el AI Mode— en lo más alto de sus resultados, respondiendo directamente a la consulta del usuario con información extraída de los medios. El efecto es conocido: si la respuesta ya está en la página de búsqueda, el lector no necesita hacer clic, y el tráfico que sostiene la publicidad y las suscripciones se evapora. El problema es que negarse no era una opción real: quien no quería alimentar esos resúmenes solo podía hacerlo desapareciendo también de la búsqueda tradicional, es decir, renunciando a existir en internet. Un callejón sin salida.

Esta semana, ese callejón ha empezado a tener salida, y la ha abierto un regulador. La Competition and Markets Authority (CMA) británica ha impuesto a Google una obligación de conducta que, por primera vez, separa las dos cosas: los editores podrán excluir sus contenidos de las funciones de inteligencia artificial del buscador sin perder por ello su posición en los resultados convencionales. La propia autoridad lo ha descrito como una medida «pionera en el mundo». Google ha anunciado que probará el sistema con un grupo de sitios británicos antes de extenderlo de forma global.

Qué obliga a hacer la resolución

El alcance de la decisión es más amplio de lo que sugiere el titular. La CMA no se ha limitado a exigir un botón de «no, gracias». Su orden descansa sobre tres pilares que, juntos, devuelven a los editores una capacidad de control que habían perdido.

El primero es el propio derecho de exclusión, que abarca no solo los resúmenes, sino también el uso de los contenidos para el ajuste y entrenamiento de los modelos de IA. El segundo es la atribución: cuando un contenido de un medio aparezca en una respuesta generada por IA, Google deberá identificarlo con claridad e incluir enlaces directos a la fuente. Y el tercero, quizá el más interesante a medio plazo, es la transparencia: la compañía tendrá que entregar a los editores datos detallados sobre cómo se está usando su material, incluida la frecuencia con la que aparece en los resúmenes, las tasas de clic hacia sus páginas y el tipo de consultas que activan esas respuestas. Por primera vez, los medios podrán ver dentro de una caja que hasta ahora era opaca.

La medida no surge de la nada. Se apoya en la designación de Google con el estatus de «mercado estratégico» (Strategic Market Status), una figura del nuevo régimen británico de competencia digital que permite imponer obligaciones a medida a las grandes plataformas. La justificación es difícil de discutir: Google concentra más del 90% del tráfico de búsqueda en Reino Unido. Cuando una sola empresa controla esa proporción de la puerta de entrada a la información, las reglas dejan de ser un asunto privado entre dos partes y pasan a ser de interés público.

Por qué importa más allá de las islas

Para el sector, la relevancia de esta decisión no se mide solo por sus efectos en Reino Unido, sino por lo que anticipa. Hasta ahora, la conversación sobre los resúmenes de IA se libraba sobre todo en el terreno de los hechos consumados y de las quejas: los medios denunciaban la caída de tráfico, el fenómeno del «zero click» se documentaba en estudio tras estudio, y la respuesta de las plataformas era, en el mejor de los casos, un ajuste voluntario. La novedad es que ahora hay un regulador que convierte esas quejas en obligaciones exigibles.

El precedente llega además en un momento en el que el marco europeo se mueve en la misma dirección. La sentencia del Tribunal de Justicia de la UE del pasado 12 de mayo reconoció el derecho de los editores a autorizar o prohibir el uso de sus contenidos por los prestadores digitales y avaló que los Estados articulen mecanismos para hacerlo efectivo. Lo que en Luxemburgo se afirmó como principio jurídico, en Londres empieza a traducirse en instrucciones concretas para una plataforma. Las dos piezas encajan: el derecho a decidir sobre los propios contenidos y las herramientas para ejercerlo.

Conviene no idealizar el resultado. Un derecho de exclusión sirve de poco si ejercerlo penaliza al medio en términos de visibilidad, y de ahí la importancia de que la CMA haya prohibido expresamente a Google tomar represalias contra quien lo utilice. Tampoco resuelve, por sí solo, la cuestión de fondo: cómo se remunera el valor que la IA extrae del periodismo. Pero establece algo que faltaba: el principio de que el editor decide. A partir de ahí, la negociación se libra en otras condiciones.

Lo que el sector debería vigilar

La pregunta que deja la semana es hasta dónde llegará este modelo. La CMA ha advertido de que vigilará la implementación y que podría adoptar nuevas medidas; y Google planea exportar el sistema a otros mercados tras la fase de pruebas. Para los medios españoles, el interés es directo: si la herramienta se generaliza, la posibilidad de controlar el uso de los contenidos por la IA dejará de ser una aspiración para convertirse en una función disponible. El reto será asegurar que ese control llegue acompañado de transparencia real y de una atribución que devuelva tráfico, y no solo de un interruptor simbólico. El camino lo ha abierto un regulador; mantenerlo abierto dependerá de que el sector siga reclamando, aquí también, las mismas reglas.

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