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Centro de datos de Google en Eemshaven (Países Bajos), rodeado de aerogeneradores. Foto: Wvdp, Wikimedia Commons (CC0)

Los informes de sostenibilidad que Google y Amazon publicaron a finales de junio confirman que la carrera de la inteligencia artificial dispara sus emisiones. El coste ambiental de la IA y la crisis de los medios suelen contarse como dos historias separadas, una en el terreno de la energía y el clima, otra en el de la propiedad intelectual y el derecho de la información. Los dos documentos permiten verlas como lo que en el fondo son: síntomas de una misma manera de crecer, la que traslada a terceros una parte de la cuenta.

El coste ambiental de la carrera tecnológica

Las emisiones de Amazon aumentaron un 16 % en 2025, hasta unos 81 millones de toneladas de CO₂ equivalente, algo más de lo que emite Nueva Zelanda en un año. La propia compañía atribuye el salto, tras varios ejercicios de subidas mínimas, a la construcción acelerada de centros de datos para la IA y a su cadena de suministro. Según recoge GeekWire, es la primera vez desde 2019 que también empeora su intensidad de carbono, las emisiones por cada dólar de ingresos.

Google presenta un cuadro similar. Sus emisiones «basadas en la ambición», la métrica con la que mide su progreso climático, subieron un 18 %, el mayor incremento anual que ha comunicado la compañía, empujadas sobre todo por la fabricación de chips y servidores y por la obra de nuevos centros de datos. Según detalla Axios, su consumo eléctrico creció un 37 % en un solo año. Ambas empresas mantienen sus objetivos de cero emisiones netas, 2030 en el caso de Google y 2040 en el de Amazon, y ambas reconocen que la IA los ha vuelto mucho más difíciles de alcanzar.

Ninguna de las dos culpa directamente a la inteligencia artificial y ambas dedican páginas a ensalzar sus beneficios ambientales. Pero las pruebas indirectas se acumulan. Lo que empuja las cifras al alza es el despliegue físico de la IA a una escala sin precedentes, y la parte más contaminante, la de la cadena de suministro, es precisamente la que las compañías no controlan de forma directa. La factura acaba en la atmósfera, en los acuíferos próximos a los centros de datos y en la red eléctrica que abastece a todos los demás.

Un patrón que la prensa conoce bien

Esa forma de crecer resulta familiar para cualquiera que siga el debate sobre el futuro de la prensa. Desde AMI llevamos tiempo describiendo una externalización paralela, la de las compañías que construyen buena parte de su escala sobre un recurso que no pagan. Sistemas de IA que responden al usuario sin devolverlo a la fuente, se nutren del trabajo de las redacciones sin licencia y capturan el valor publicitario que durante décadas sostuvo al periodismo profesional. También aquí el crecimiento se alimenta absorbiendo un bien informativo cuyo coste íntegro paga un tercero que no eligió asumirlo.

La analogía tiene límites y conviene respetarlos. Un centro de datos no contamina porque resuma una noticia, y quien presente ambas cosas como una sola cadena causal perderá el argumento enseguida. El vínculo no es físico, es estructural. Hablamos de un modelo de negocio que trata lo común, el clima estable y la esfera pública de información verificada, como un insumo gratuito e ilimitado.

Quién paga el coste de la escala

Las dos derivas se refuerzan entre sí. Los centros de datos que disparan las emisiones son la infraestructura de la misma IA que reordena el acceso a la información y erosiona los ingresos de quien la produce. Pedir cuentas por uno de los dos frentes e ignorar el otro es quedarse a mitad de camino.

Desde AMI defendemos que la conversación no puede reducirse a la eficiencia energética ni a los derechos de autor por separado, porque en ambos casos la pregunta es la misma, quién soporta el coste de la escala. Reclamar una remuneración justa por el uso de los contenidos, reglas claras frente al dominio de las grandes plataformas y transparencia sobre cómo se entrena y se explota la información periodística es exigir para la prensa la misma rendición de cuentas que la sostenibilidad ya empieza a imponer en lo ambiental. El medio ambiente cuenta con informes anuales que permiten medir y comparar; el periodismo merece un escrutinio equivalente. Un modelo que no paga lo que consume, ya sean kilovatios o credibilidad, no es sostenible en ninguna de las acepciones de la palabra.

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