Desde Colombia hasta España, líderes de medios iberoamericanos coinciden: la inteligencia artificial está aquí para quedarse. Pero su integración en las redacciones plantea retos que van mucho más allá de lo técnico. Hablamos de ética, de modelo de negocio, de responsabilidad informativa y, sobre todo, de la supervivencia del periodismo como bien público.
La inteligencia artificial (IA) ya no es una promesa futurista ni un experimento de laboratorio. Es una realidad cotidiana que está reformulando el oficio periodístico en toda Iberoamérica. Así quedó claro en el seminario virtual “El reto de la IA en los medios de comunicación”, organizado por EditoRed, que reunió a representantes de medios de España, Colombia, Brasil y Panamá.
Participaron, entre otros, Álex Herrera, subdirector del diario español 20 Minutos (Grupo Henneo y miembro de AMI); Fernando Quijano, director de La República de Colombia; Rita Vásquez, de La Prensa de Panamá; y Daniela Braga, responsable de IA en Folha de S. Paulo. Todos coincidieron en una idea: la IA puede ser una herramienta útil, pero no reemplaza el criterio, la ética ni la experiencia del periodista.
La tecnología puede automatizar procesos, agilizar la edición o personalizar contenidos, pero no puede suplir la verificación, la interpretación ni la relación con las fuentes. “La herramienta no interpreta ni contrasta. El valor sigue estando en el periodista”, subrayó Herrera. Quijano, desde Colombia, fue tajante: “La reportería sigue siendo un ejercicio humano y real. Lo que puede hacer la IA es acompañar en el diseño, edición y distribución”.
El periódico colombiano ha desarrollado AMELIA, una herramienta propia para generar contenidos adaptados a perfiles de audiencia. En España, 20 Minutos ha implementado TALIA, que ayuda en transcripciones y traducciones. Brasil y Panamá avanzan también en automatizaciones. La clave, coinciden, está en que estos desarrollos estén al servicio de una estrategia editorial clara.
La integración de IA requiere planificación, ética y supervisión. Aparecen nuevos perfiles —como el curador de contenidos— y nuevas tareas: verificar lo generado por la IA, contextualizar, corregir sesgos. Ningún algoritmo puede decidir qué es relevante. “Debe haber un editor con capacidad crítica detrás de cada pieza generada por IA”, remarcó Quijano.
En contextos de crisis económica, la IA puede parecer una salida fácil. Pero el ahorro de costes no debe justificar la pérdida de calidad. “Puede ser la diferencia entre seguir publicando o desaparecer, pero no a cualquier precio”, alertó Rita Vásquez. El riesgo es real: automatizar sin control puede reforzar la desinformación, degradar el lenguaje y vaciar el contenido de valor.
Todos los medios participantes reconocen que la IA exige reglas claras. Folha de S. Paulo, por ejemplo, ha incluido un capítulo sobre IA en su manual de estilo. La transparencia —sobre cómo se genera un contenido, con qué datos y con qué herramientas— debe formar parte del contrato con los lectores. Y también de la formación interna. “Combatimos el miedo con formación. El desinterés genera ignorancia. Y eso es peligroso”, sostuvo Braga.
Los grandes modelos generativos siguen usando contenidos periodísticos sin pagar por ellos. Es un robo silencioso que erosiona la sostenibilidad de los medios. Algunos, como Folha, han bloqueado el acceso a sus textos mediante robots.txt. Pero no hay aún un sistema de compensación ni una regulación efectiva. “No existen mecanismos claros de monetización frente a las tecnológicas”, denunció Braga.
El futuro no se juega solo en el desarrollo de herramientas, sino en cómo se gobiernan. La IA en las redacciones necesita normas, supervisión editorial y una visión de servicio público. “No hay inteligencia artificial sin inteligencia humana. Somos los periodistas quienes decidimos cómo, cuándo y para qué usarla”, concluyó Rita Vásquez.
En un momento en que la IA amenaza con uniformar el discurso, banalizar el contenido y devaluar la autoría, el compromiso ético de las redacciones se vuelve más urgente que nunca. La tecnología puede acompañar. Pero el periodismo —el de verdad— sigue siendo insustituible.
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