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En una entrevista con la Asociación de Medios de Información (AMI), la exdirectora de la Agencia Española de Protección de Datos, Mar España, habla sobre su libro más reciente, ‘Así se somete a una sociedad’, en el que lanza una alerta sobre los riesgos del actual ecosistema digital.

La transformación digital no solo está generando poderosos impactos en lo tecnológico, sino también en la economía, la política, las sociedades y, de forma más profunda, en el desarrollo de la humanidad. Y aunque la tecnología forma parte inevitable de nuestras vidas, cada vez se hace más necesario hablar de manera sosegada y crítica sobre los riesgos y consecuencias de la digitalización masiva, el uso nocivo de internet y las redes sociales, la vulneración de los datos personales en la era digital o los algoritmos que crean patrones adictivos con fines publicitarios.

Mar España, quien ha sido directora de la Agencia Española de Protección de Datos durante una década y miembro del Comité de Expertos de Juventud e Infancia para su protección en el entorno digital, se refiere a estos temas en su libro Así se somete a una sociedad. También aborda cómo, en las últimas tres décadas, ha cambiado la forma de ganar dinero en internet, a través de una lucha implacable por retener la atención de los usuarios y de la monetización de sus datos personales y su privacidad.

En entrevista con AMI, Mar España comparte el preocupante diagnóstico que plantea en su libro, así como las propuestas y soluciones que sugiere para abordar esta realidad.

AMI. El libro nos muestra de forma muy clara el impacto que la tecnología y la digitalización están teniendo en nuestras vidas. ¿Estamos ante una epidemia por un uso problemático de internet?

Mar España: Estamos ante una verdadera, clarísima y, sin matices, epidemia de salud pública. Y no lo digo solo yo, que puedo ser una persona más dentro del ecosistema. Lo dice toda la evidencia científica: el Consejo General de Psicología, el Consejo General de Colegios Oficiales de Médicos —a través de la Asociación Española de Pediatría y la Asociación de Psiquiatría Infantil y Juvenil—, lo afirma también la Sociedad Española de Neurología y lo sostiene Miguel Ángel Martínez, un epidemiólogo de referencia a nivel internacional.

¿Por qué no somos conscientes de ello? El libro pretende generar conciencia, precisamente porque estamos inmersos en un juego psicológico: las plataformas de internet, las redes sociales, los grandes buscadores quieren captar nuestra atención. Y lo digo en términos generales. No estoy criminalizando a una empresa en concreto, pero se están utilizando patrones adictivos y oscuros, y no somos conscientes de ello.

AMI. ¿Cómo consiguen las grandes plataformas volvernos adictos?

Mar España: Estos patrones captan nuestra atención voluntaria y también la involuntaria. El problema es que, desde que nos levantamos —casi antes de ir al baño o de realizar nuestra higiene personal—, nuestro primer gesto es conectarnos al móvil, si hemos sido capaces de ponerlo en modo avión por la noche. Y prácticamente, antes de acostarnos, la última mirada no es para nuestro hijo o nuestra pareja: es para la pantalla. La industria de internet lo sabe, porque conoce muy bien el mecanismo psicológico de la adicción a la recompensa y a la finalización de tareas. Cuantos más mensajes de WhatsApp recibimos, más «likes», más notificaciones o más seguidores tenemos en nuestras redes sociales, mayor es nuestro nivel de dopamina, y estamos continuamente buscando más de lo mismo. Sin darnos cuenta, nos vamos enganchando.

La industria debe cumplir ya, porque mientras tanto estamos llevando a la generación Z por un camino muy peligroso. Estamos causando un perjuicio masivo, seguramente de mayor impacto que el de las drogas, en tanto que afecta a millones de personas.

AMI. En el libro usas un término muy llamativo, el “hackeo cerebral”, para señalar cómo las grandes plataformas están moldeando nuestras preferencias y gustos en este entorno digital, con el fin de conseguir clientes incluso desde edades muy tempranas. ¿Por qué es tan importante reforzar la protección en estas primeras fases de la vida y no permitir lo que llamas una “barra libre digital”?

Mar España: Porque estamos hablando de un nuevo derecho —que espero que se incorpore a la Declaración de Derechos Humanos de Naciones Unidas, así como al proyecto de ley de protección del menor en el entorno digital que actualmente se encuentra en trámite de enmiendas en el Congreso—: el derecho a un neurodesarrollo adecuado, que no se vea afectado por las pantallas.

He trabajado mucho con expertos en neurociencia, y hay dos etapas esenciales en el desarrollo cerebral. La más importante es la que transcurre durante el embarazo y los dos primeros años de vida. Nacemos con el doble de neuronas de las que tenemos en la edad adulta, y del nivel de presencia y la calidad de atención que recibamos de nuestros cuidadores dependerá que el cerebro se forme como un cerebro resiliente, sano, o, por el contrario, como un cerebro en permanente activación, hiperactivación e inseguridad.

El segundo momento clave es la adolescencia, cuando se conforman la personalidad, los valores éticos y la identidad, así como la relación con el entorno y los principios con los que nos relacionaremos con nuestra pareja. En España, la edad media a la que los menores reciben su primer móvil está entre los 8 y los 11 años. Pero, al acceder a ese dispositivo, automáticamente el algoritmo del porno va a buscarlos. De hecho, un informe de la Universidad de las Islas Baleares indica que el 78 % de los adolescentes en nuestro país consume porno duro.

Las redes sociales, evidentemente, no persiguen el beneficio ni el interés del menor. Tampoco lo hace el marketing digital que dice querer mejorar la experiencia del usuario. Lo más contradictorio es que en el mundo analógico hay mucha más protección: sabemos con quién se relacionan nuestros hijos en el colegio, con quién juegan en el parque… pero todo se descontrola en el momento en que se les entrega un móvil.

Según el informe de UNICEF de 2021, solo uno de cada tres padres impone normas a sus hijos adolescentes sobre el uso de dispositivos conectados. Les entregan ese móvil con una “barra libre digital”: pueden dormir con él, acceder a cualquier contenido… y eso no favorece en absoluto su bienestar. Por eso estamos abogando por una adolescencia libre de móviles.

Ninguna familia en su sano juicio le daría alcohol, tabaco o drogas a sus hijos, y la legislación protege a los menores frente a estas sustancias. También se prohíbe conducir un coche si eres menor de 18 años. Sin embargo, en este momento existe un vacío legal en cuanto a la “conducción” en la red, y eso está generando consecuencias gravísimas.

AMI: En el libro expones, por ejemplo, cómo están creciendo los problemas de salud mental entre los más jóvenes…

Mar España: Hay un informe de la Fundación ONCE, la Fundación AXA y el Observatorio de la Soledad No Deseada que muestra que el colectivo que se siente más solo no es la gente mayor que vive sola, sino la generación joven. A esto se suma que, anteriormente, las principales causas de muerte en la adolescencia eran los accidentes de tráfico. Ahora, la primera causa de muerte es el suicidio y, desde 2010 —con el aumento del uso de las redes sociales—, las cifras se han multiplicado. También se han incrementado en un 300 % las hospitalizaciones por motivos de salud mental, según el informe de CyberGuardians. Y ya no se trata solo de las redes sociales: también de la inteligencia artificial, que muchos menores están utilizando como si fuera un psicólogo. Estamos creando un mundo que se nos está yendo de las manos.

AMI: La monetización en internet ha cambiado muchísimo en los últimos 30 años, y hoy vivimos en una constante lucha por la atención, hasta llegar a un márketing mucho más personalizado, segmentado, con un perfilado que muchas plataformas realizan sobre sus usuarios, hasta el punto de que la publicidad en estas redes se camufla y no parece publicidad. ¿Consideras que, definitivamente, este cambio en la monetización de internet está creando un entorno nocivo?

Mar España: Totalmente, porque los consumidores creemos que somos sujetos, pero en realidad nosotros mismos somos el producto, porque somos el dato. Antes, los productos se publicitaban de forma general a la población, en televisión, en la radio o en los periódicos. Ahora, se busca manipular emocionalmente al consumidor en relación con un producto mediante una publicidad personalizada e individualizada, a través de algoritmos adictivos. Estas plataformas conocen los gustos de sus usuarios gracias a los datos que dejan en internet.

El problema no es solo la vulneración de la privacidad: también se está afectando nuestra salud y nuestra propia libertad. Si yo no soy libre para decidir dónde pongo mi atención —que es lo que me diferencia de un animal—, entonces no hay libertad. Así como cuidamos lo que comemos y bebemos, también deberíamos elegir con mucho criterio lo que consumimos digitalmente.

Estamos mejor que hace un año porque, por ejemplo, el Comité Europeo de Protección de Datos ha aprobado que ya son vinculantes los criterios de verificación de edad que propusimos desde la Agencia Española de Protección de Datos. Según estos criterios, los mayores deben demostrar que realmente lo son, garantizando al mismo tiempo el anonimato respecto al contenido para adultos. ¿Cómo es posible que, hasta ahora, la industria de internet no estuviera haciendo esto?

Esto es competencia de la autoridad principal, que actualmente está en Irlanda, pero hay varias investigaciones en marcha sobre la verificación de edad en redes sociales. Es una obligación derivada tanto de la Digital Services Act como del Reglamento General de Protección de Datos, además de los criterios del Comité Europeo. La industria debe cumplir ya, porque mientras tanto estamos llevando a la generación Z por un camino muy peligroso. Estamos causando un perjuicio masivo, seguramente de mayor impacto que el de las drogas, en tanto que afecta a millones de personas.

Y ya no se trata solo de las redes sociales: también de la inteligencia artificial, que muchos menores están utilizando como si fuera un psicólogo. Estamos creando un mundo que se nos está yendo de las manos.

AMI: En el libro hablas de un nuevo totalitarismo tecnocrático que reduce a los seres humanos a datos y algoritmos. ¿Cómo debilita la apropiación ilegítima de los datos y de la publicidad a los medios de comunicación, a las sociedades y a la democracia?

Mar España: El derecho fundamental a la privacidad, en un país que no está en guerra, seguramente sea el derecho más amenazado en un Estado de Derecho. Ya existen ejemplos de cómo, utilizando estos perfilados personalizados e individualizados, se pueden manipular elecciones.

Por ejemplo, en el caso de las armas en Estados Unidos, se llegaron a enviar 180 millones de mensajes personalizados distintos, en función de la ideología, el perfil y los datos que los ciudadanos habían ido dejando en redes sociales. También está el caso de Cambridge Analytica.

En España tenemos un antecedente legislativo: cuando estábamos tramitando la Ley de Protección de Datos y Garantía de los Derechos Digitales en 2018, durante el trámite de enmiendas se incluyó una modificación de la Ley Orgánica del Régimen Electoral General que parecía permitir que los partidos políticos pudieran hacer campañas con perfilado ideológico. El Defensor del Pueblo recurrió esa ley, y el Tribunal Constitucional, en una sentencia clave y rápida, declaró nulo ese precepto.

Es decir, ya tenemos antecedentes, tanto a nivel legislativo como internacional, de cómo estos patrones adictivos pueden elevar o derribar gobiernos.

AMI: Como decías, están debilitando y captando nuestra atención voluntaria, lo que nos impide elegir dónde ponerla…

Mar España: Nos están robando la atención con un fin puramente mercantil, precisamente por este márketing digital que ha cambiado tanto en los últimos 15 años. Además, hay un dato curioso: algunos gurús del márketing digital afirman que, en este ecosistema basado en el algoritmo individualizado, de cada 100 euros que una empresa invierte en publicidad digital, solo el 3 % llega realmente al destinatario. Todo lo demás se pierde por el camino.

Es decir, en este entorno de publicidad digital que se ha montado, la inversión del sector privado no está llegando de forma efectiva al usuario final. Por tanto, esto no es solo un asunto de privacidad o de salud, es una cuestión de valores y de filosofía.

AMI: Es muy interesante el recuento histórico que haces sobre la protección de datos. Hemos pasado de una simple reclamación por recibir publicidad postal en los domicilios a situaciones tan graves como la difusión de vídeos sexuales o delitos cometidos por menores utilizando inteligencia artificial. En una era digitalizada e hiperconectada, ¿a qué nos referimos cuando hablamos de datos personales y qué tan difícil es hoy protegerlos?

Mar España: Los datos no son elementos externos, abstractos, que se meten y se sacan de un bolso. Los datos afectan directamente a la persona. Por eso, creo que habría que cambiar el nombre de la Agencia: en vez de Agencia Española de Protección de Datos, debería llamarse Agencia Española de Protección a las Personas. Porque, como decía antes, no solo estamos protegiendo aspectos como que no se sepa lo que voto o mi red de contactos. Todo esto afecta a lo que sentimos, decidimos y pensamos. Por eso debemos hablar de protección a las personas en el sentido más amplio.

Nos están robando la atención con un fin puramente mercantil, precisamente por este márketing digital que ha cambiado tanto en los últimos 15 años.

AMI: Con retos adicionales como la protección, por ejemplo, de los neurodatos

Mar España: Rafael Yuste, uno de los mejores neurocientíficos del mundo, a quien se le encomendó el Human Brain Project, ha creado una fundación —la NeuroRights Foundation— preocupado precisamente por el tema de los neuroderechos. Estudió 30 empresas estadounidenses que venden dispositivos que tratan con neurodatos. Estos aparatos son de dos tipos: unos son chips implantados en el cerebro, utilizados en investigaciones sobre salud; y otros son dispositivos que cualquiera puede comprar, como diademas o auriculares, que pueden influir en las conexiones neuronales, tanto conscientes como inconscientes.

Hasta ahí, todo depende del uso que se les dé, como ocurre con muchas cosas en la vida. Pero el estudio detectó que 29 de las 30 empresas vendían esos neurodatos a terceros, quienes podrían construir un avatar del cerebro del usuario.

AMI: A nivel europeo se ha desarrollado una normativa sólida para proteger a la ciudadanía, pero el gran reto es que las plataformas la cumplan. ¿Cómo conseguir que las grandes tecnológicas se atengan a lo que establecen las normas?

Mar España: A través de la responsabilidad administrativa y las sanciones. La Comisión Europea ha impuesto multas importantes a estas plataformas, cuantitativamente relevantes. Ahora bien, con el volumen de negocio multimillonario que manejan, puede que estas sanciones no les resulten significativas. Por eso creo que también debemos avanzar en el terreno reputacional, sin perjuicio de que, a nivel nacional, se estudie también una posible responsabilidad penal, pero con mucho rigor. Tenemos que incidir en el daño reputacional y los consumidores debemos implicarnos. Este es un momento en el que la sociedad tiene que decir basta. También hay que cuestionar el prestigio social de compañías que no respetan a los menores ni a la infancia y que, además, afectan a nuestra libertad.

AMI: Dentro de este ecosistema, como bien decías, también debe existir una responsabilidad por parte de los propios anunciantes…

Mar España: En este sentido, se están dando pasos muy importantes. El mes pasado asistí a la presentación, en la Universidad de Nebrija, del primer Observatorio sobre la Responsabilidad y la Transparencia en los Anunciantes, precisamente centrado en esta cuestión. Porque la responsabilidad social de una empresa no se limita a lo que invierte en reducir su huella de carbono. También importa dónde se anuncia y en qué condiciones lo hace.

AMI: Y, por supuesto, las grandes plataformas también deberían asumir su parte de responsabilidad…

Mar España: Hace falta que la industria dé varios pasos, y es necesario buscar un equilibrio. Quizás el sector audiovisual, las televisiones, el sector de las telecomunicaciones o el de los medios de información están hiperregulados. En cambio, el sector de internet no lo está en la misma medida. No es que no exista regulación, pero se trata de un ámbito que trasciende las fronteras territoriales de los Estados, lo cual lo hace mucho más difícil de acotar. La gran ventaja es que el Reglamento General de Protección de Datos (RGPD) tiene carácter extraterritorial, por lo que vincula también a empresas que no están radicadas en Europa.

La responsabilidad social de una empresa no se limita a lo que invierte en reducir su huella de carbono. También importa dónde se anuncia y en qué condiciones lo hace.

AMI: La inteligencia artificial también ha generado numerosos debates jurídicos sobre cómo debe regularse para evitar perjuicios en su interacción diaria con los usuarios. Además, medios de comunicación y la industria creativa han promovido debates por el uso ilegítimo de sus contenidos para entrenar modelos de IA, sin ningún tipo de compensación. Dices en el libro que la gran pregunta no es lo que puede hacer la IA, sino qué quieren que haga quienes la financian, diseñan y manejan. ¿A qué te refieres con esto?

Mar España: La IA no es algo abstracto. Está diseñada a partir de algoritmos programados por personas que siguen las directrices de las empresas que los contratan. Cuando dirigí la Agencia Española de Protección de Datos propusimos un pacto digital que incluía un apartado específico sobre inteligencia artificial, ética y privacidad. Si, al diseñar una IA, se van a tratar datos —y cualquier IA generativa trata datos, no solo información—, debe cumplirse con los principios del Reglamento Europeo de Protección de Datos.

Ahora mismo, el gran vacío que tenemos es que no existen en el mercado, de manera sistemática, mecanismos que certifiquen que una IA cumple con criterios de ética y privacidad. Hay algunas iniciativas, pero todavía están muy dispersas.

AMI: Has dicho que frenar la tecnología sería frenar el progreso, pero también afirmas con claridad que innovar no es solo crear tecnología nueva, sino aprender a gestionarla. ¿Se puede seguir innovando de una manera más responsable?

Mar España: Se puede perfectamente. Como digo en el libro, el problema no es la tecnología en sí, sino el uso que se hace de ella y cómo se ha diseñado todo el entorno de la publicidad digital. Hoy, gracias a la tecnología, contamos con enormes ventajas si lo comparamos con la etapa de nuestros padres o abuelos. Pero hay que diseñarla respetando criterios de ética y privacidad. Y quienes usamos esa tecnología debemos imponernos cada vez más límites. La ventaja es que aún estamos a tiempo de tomar decisiones. Pero hay que hablar alto y claro.

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