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León XIV dedica un bloque central de Magnifica Humanitas a la comunicación. Su diagnóstico sobre la verdad, la desinformación y la inteligencia artificial coincide en lo esencial con lo que el sector lleva años defendiendo. El periodismo riguroso no es un lujo, sino una infraestructura de la convivencia.

Hay documentos que llegan en el momento justo. Magnifica Humanitas, la primera encíclica de León XIV, es uno de ellos. El Papa la firmó el 15 de mayo, en el 135.º aniversario de la Rerum Novarum de León XIII, la carta que en 1891 puso a la Iglesia a dialogar con la cuestión social de la era industrial. La Santa Sede la hizo pública el 25 de mayo. El gesto no es casual. Si aquella encíclica miró de frente a la fábrica y al trabajo, esta mira de frente a la máquina que hoy ordena buena parte de lo que leemos, vemos y creemos, la inteligencia artificial. El subtítulo lo dice sin rodeos, una reflexión “sobre la custodia de la persona humana en la era de la inteligencia artificial”.

Para quienes trabajamos en los medios, el interés del texto no está tanto en el plano teológico como en uno de sus capítulos centrales, el dedicado a la comunicación. Ahí León XIV formula una idea que merece detenerse, la verdad como bien común. No como una posesión privada ni como una opinión más en el mercado de las opiniones, sino como algo que se cuida y se comparte, y que en el entorno digital se vuelve especialmente frágil. La verdad de los hechos, escribe, exige “verificación, cotejo de fuentes y responsabilidad argumentativa”. Es difícil encontrar una definición más limpia de lo que hace, o debería hacer, una redacción cada mañana.

Una “ecología de la comunicación”

El término que vertebra esta parte de la encíclica es el de “ecología de la comunicación” (párrafos 136-137). La metáfora es deliberada. Igual que un ecosistema puede degradarse cuando se rompen sus equilibrios, el espacio informativo se enrarece cuando la cultura digital deja de ser un lugar de maduración para convertirse, en palabras del Papa, en un instrumento de “homologación y dominio”. Frente a eso, el documento reivindica la red como espacio para la “libertad interior y el pensamiento crítico”. La advertencia es sutil y relevante. El problema no es la tecnología en sí, sino la concentración de poder que puede esconder y la pasividad que puede inducir.

Esa pasividad tiene nombre en el texto. León XIV describe una “cultura de la inmediatez y la sobreestimulación” que alimenta la fatiga, el aburrimiento y la apatía ante el esfuerzo que cuesta buscar la verdad. Es una observación que cualquier editor reconoce. La batalla de fondo no es solo contra el dato falso, sino contra el desgaste de la atención, contra la tentación de quedarse en el titular y no llegar al segundo párrafo.

La IA como amplificador de la desinformación

El pasaje más citable para el sector es el que aborda directamente la inteligencia artificial. La desinformación, sostiene la encíclica, “encontró un potente amplificador” en estas herramientas por su capacidad de “manipular contenidos, imágenes y vídeos”. El Papa va más lejos y la sitúa en un escenario geopolítico, el de las guerras “híbridas”, de naturaleza económica, financiera e informática, que se sirven de la desinformación y del miedo para influir en la opinión pública. Y apunta a la raíz del desequilibrio, el riesgo de que una tecnología decisiva quede controlada por unas pocas empresas privadas. De ahí la consigna que ha recorrido las coberturas del documento, que la IA sirva a la humanidad y no al poder de unos pocos.

Conviene leer este diagnóstico sin dramatismo y sin convertirlo en otra cosa. La encíclica no propone prohibir nada ni demoniza la herramienta. Pide, más bien, una “nueva conciencia” en el uso “correcto y crítico” de la IA. Y, sobre todo, enumera los instrumentos que considera imprescindibles para sostener un espacio informativo sano. Reclama transparencia en los criterios de selección de contenidos, protección de los datos personales, integración de los conocimientos y, en el centro, “un periodismo serio basado en la argumentación y la verificación”.

Lo que esto significa para el sector

Aquí es donde el documento conecta con lo que los medios de información vienen reclamando desde hace tiempo. Cuando una institución con la autoridad moral de la Iglesia describe el periodismo de verificación como un instrumento para preservar la verdad como bien común, está poniendo palabras a una idea que el sector defiende en un terreno mucho más prosaico, el de la regulación, los derechos de autor y la sostenibilidad económica. Las dos conversaciones, la moral y la material, hablan de lo mismo. La transparencia en los criterios de selección de contenidos que pide la encíclica es, en clave europea, buena parte del debate sobre las grandes plataformas. La advertencia sobre la concentración de poder tecnológico es, en clave de mercado, el trasfondo de cada pleito sobre el uso de contenidos para entrenar modelos de IA.

No es un respaldo a ninguna posición concreta, ni hace falta que lo sea. La encíclica se dirige a toda la comunidad humana, no a una industria. Ofrece, eso sí, algo que escasea en el ruido cotidiano, un marco para pensar por qué importa que alguien verifique, contraste y argumente antes de publicar. En un momento en el que esa función se da por descontada, o se asume que la hará una máquina, recordar que la verdad cuesta esfuerzo, y que ese esfuerzo es un servicio público, no es poca cosa.

El propio Vaticano ha querido predicar con el ejemplo en la forma. La presentación de Magnifica Humanitas se apoyó en un despliegue de formatos digitales, infografías y materiales pensados para circular en redes, una modernización notable en la comunicación de la Santa Sede.

Hasta ahí llega la paradoja productiva del documento, usar las herramientas de la era digital para defender, precisamente, que ninguna herramienta debe sustituir el juicio humano sobre la verdad.

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