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Cuando le pedimos una respuesta a un chatbot, casi nunca preguntamos quién pagó por averiguarla. Esa pregunta, hoy, decide el futuro de lo que sabemos.

El editor de The New York Times, A.G. Sulzberger, dedicó hoy un discurso, que reproducimos íntegro junto a esta editorial, a explicar por qué eso debería quitarnos el sueño. Su tesis es incómoda y conviene tomársela en serio: las grandes empresas de IA están construyendo su producto sobre el trabajo ajeno —periodismo, libros, música, investigación— sin permiso y sin pago, y al hacerlo están vaciando la fuente misma de la que beben. Es una acusación grave. Pero más allá del pleito entre un periódico de 175 años y Silicon Valley, hay un asunto que nos concierne a todos como ciudadanos: nuestro derecho a saber.

Vale la pena entender el mecanismo, porque suele esconderse tras palabras suaves. Las tecnológicas hablan de «datos» para describir lo que sus modelos consumen. La palabra es deliberadamente anodina: convierte un reportaje, una novela o una canción en una materia prima sin dueño, como el aire. Pero esos «datos» tienen autor, tienen costo y, sobre todo, tienen consecuencias cuando desaparecen. Sulzberger lo resume con una contabilidad demoledora: el talento, los chips y la electricidad que alimentan la IA se pagan religiosamente, mientras que el cuarto ingrediente, el contenido humano, se toma gratis. Nadie propondría robar microchips de una fábrica. Tomar el periodismo, en cambio, se ha normalizado.

El segundo efecto es más sigiloso y nos toca de cerca. Durante años, buscar en internet significaba que alguien nos llevaba hasta la fuente: hacíamos clic y leíamos el artículo en su sitio original. Hoy el asistente responde directamente y se queda con la visita. El lector ya no llega al medio que produjo la información, de modo que ese medio no vende suscripciones ni publicidad, ingresa menos, contrata a menos periodistas y cubre menos cosas. Es un círculo que se muerde la cola. Y no es una hipótesis: los grandes diarios han visto desplomarse su tráfico mientras la carrera de la IA se aceleraba.

Aquí entra la parte que la alfabetización mediática nos enseña a no olvidar: preguntar de dónde viene una respuesta y qué grado de fiabilidad tiene. Las propias empresas de IA nos dan motivos para desconfiar. Sus asistentes tergiversan noticias en una proporción alarmante de los casos y, lo que es peor, lo hacen con un aplomo absoluto, porque el modelo rara vez sabe expresar duda. Cuando se equivocan, no lo corrigen ni avisan. Y al pie de sus productos, en letra pequeña, advierten que no nos fiemos: que es «solo para entretenimiento», que puede fallar, que lo usemos bajo nuestra responsabilidad. Conviene leer esa letra pequeña. Es la confesión de que el sistema que millones de personas empiezan a usar como fuente de noticias no se hace responsable de lo que afirma.

¿Por qué importa todo esto más allá del negocio de los periódicos? Porque cuando una comunidad se queda sin medios propios, no solo pierde información: pierde cohesión. La evidencia es consistente. Donde cierra el diario local, la gente desconfía más de sus vecinos, participa menos en la vida cívica y la corrupción encuentra menos vigilancia. Un espacio público sin periodismo no se llena de silencio; se llena de rumor, propaganda, bulos y contenido fabricado en serie por máquinas. El riesgo final no es solo que creamos cosas falsas, sino que dejemos de creer en las verdaderas y nos refugiemos en el cinismo. Una democracia con ciudadanos que ya no saben en qué confiar es una democracia frágil.

Frente a esto, la respuesta no puede ser nostálgica ni tecnófoba. La IA es una herramienta extraordinaria y los propios medios deben usarla con criterio para informar mejor. El problema no es la tecnología: son las decisiones de quienes la controlan. Y esas decisiones se pueden cambiar, con leyes que obliguen a la transparencia y a respetar la propiedad intelectual, y con una industria periodística que deje de ser tímida y defienda sus derechos en lugar de tolerar el saqueo en silencio.

Pero hay una parte que no depende de los tribunales ni de Bruselas ni de Washington. Depende de cada lector. Ser un ciudadano alfabetizado en este nuevo entorno significa hacerse tres preguntas antes de dar algo por cierto: quién lo averiguó, cómo lo sabe y si responde por ello. Significa entender que un resumen instantáneo y gratuito casi siempre se ha construido sobre el trabajo de alguien que no cobró por él. Y significa, sobre todo, recuperar una idea que conviene rescatar de su versión recortada. Suele citarse aquella frase de los años de la naciente internet, «la información quiere ser libre», olvidando que su autor decía también lo contrario en la misma respiración: la información quiere ser cara, porque la información correcta, en el momento justo, nos cambia la vida.

Esa es la cuestión de fondo. La información de calidad cuesta dinero, tiempo y, a veces, valentía: alguien tiene que ir al lugar de los hechos, hablar con los testigos, leer los documentos, equivocarse y rectificar a la vista de todos. Ningún modelo de lenguaje hará ese trabajo por nosotros; solo puede reciclar lo que otros encontraron antes. Decidir si seguimos pagando por que ese trabajo exista —con nuestra atención, con nuestra suscripción, con nuestro respaldo a quien lo hace— no es una cuestión técnica. Es una decisión sobre qué clase de público queremos ser. Y, por una vez, esa decisión sí está en nuestras manos.

A.G. Sulzberger pronunció este discurso en el Congreso Mundial de Medios de Comunicación de WAN-IFRA. Puedes leer el texto íntegro aquí.

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