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Esta decisión reconoce la naturaleza específica de los libros y de los medios impresos, y tiene en cuenta que, tal y como estaba la normativa, representaba una carga desproporcionada para este sector en toda Europa. 

El Consejo y el Parlamento Europeo alcanzaron un acuerdo político provisional para modificar el Reglamento de la UE sobre productos libres de deforestación (EUDR) y, con ello, cerrar uno de los debates más tensos para el ecosistema mediático y editorial europeo: la exclusión de los productos impresos (libros, periódicos, revistas e imágenes impresas) del ámbito de aplicación de la ley.

La decisión, que en términos generales pospone la aplicación del reglamento al 30 de diciembre de 2026, llega después de meses de advertencias de libreros, editores, medios y distribuidores, que alegaban que la gran mayoría de medios impresos ya se producen con papel certificado, reciclado y de origen sostenible, y denunciaban que aplicar la EUDR a estos productos generaría un bloqueo comercial sin precedentes y afectaría directamente al acceso a información, cultura y conocimiento dentro de la Unión Europea.

El acuerdo político alcanzado en Bruselas introduce cambios profundos en el funcionamiento de la reglamentación. El más decisivo para el mundo de la comunicación y la edición es la exclusión total de los productos impresos, basada en un argumento que los sectores culturales llevaban meses repitiendo: estos bienes no generan riesgo de deforestación y su trazabilidad no se parece en nada a la de las materias primas.

A partir de ahora, solo el primer operador que introduzca en el mercado un producto sujeto a la EUDR deberá presentar la declaración de diligencia debida, liberando a distribuidores, librerías y pequeños comercios de una cadena documental imposible de manejar en la práctica. Para las micro y pequeñas empresas, además, el sistema se simplifica a una única declaración.

La normativa representaba un desafío para el ecosistema impreso

La inclusión de los productos impresos en el anexo del reglamento obligaba a librerías, editoriales, imprentas y distribuidores a demostrar el origen exacto y verificable de todos los componentes de un libro o un periódico: cada hoja, cada tipo de papel, cada fase de transformación.

El mundo editorial, altamente internacionalizado y dependiente de cadenas de suministro globales diversificadas, veía en esa exigencia un desafío insuperable. Y ese temor quedó plasmado con claridad en la declaración conjunta que firmaron seis grandes organizaciones europeas, entre ellas EIBF, ENPA, EMMA, EPC, FEP y News Media Europe, de la que forma parte la Asociación de Medios de Información (AMI), apoyando la enmienda a la Ley de Deforestación. 

En la declaración, las organizaciones firmantes dejaron claro que apoyan plenamente los objetivos del reglamento de la UE sobre deforestación, pero advirtieron que si la normativa se aplicaba tal como estaba prevista, millones de libros podrían ser destruidos, publicaciones quedarían bloqueadas en las aduanas y buena parte de la producción académica y científica internacional podría dejar de llegar a Europa. También señalaron que la normativa que afectaba directamente a los productos impresos “creaba una carga regulatoria desproporcionada, sin aportar beneficios adicionales para los bosques”. 

La advertencia no era retórica. En varios Estados miembros, minoristas de prensa empezaron a considerar la retirada de títulos importados. Algunas editoriales internacionales, enfrentadas a un nivel de burocracia que calificaban de inasumible, se planteaban directamente abandonar el mercado europeo. Las universidades, dependientes de catálogos globales, alertaban del riesgo de un aislamiento involuntario.

Para el sector, excluir a los libros, periódicos y revistas de la aplicación del reglamento, no supone un debilitamiento de la normativa, pues se trata de productos acabados, no de materias primas que puedan impulsar la deforestación. Por ello insistieron en que la enmienda debía salir adelante, ya que garantiza que el reglamento se centre en los materiales que pueden afectar a los bosques, evitando al mismo tiempo daños colaterales a bienes culturales e informativos. 

“La propuesta de la Comisión de 2021 limitaba acertadamente el ámbito de aplicación a la pasta de madera y el papel. La inclusión de los productos impresos acabados no aporta ningún beneficio medioambiental, sino que crea un exceso de regulación desproporcionado para los editores, impresores y minoristas, lo que supone una carga que amenaza la libre circulación de información e ideas, el pluralismo de los medios de comunicación, la diversidad cultural, la educación y el discurso democrático en toda la Unión”, señalaba la declaración conjunta. 

Esta preocupación fue compartida por la eurodiputada y presidenta de la Comisión de Cultura del Parlamento Europeo, Sabine Verheyen, una de las voces clave en la defensa de la enmienda, quien advirtió a sus compañeros de Parlamento que la aplicación literal de la EUDR podía provocar algo más grave que la escasez de títulos: un daño profundo al pluralismo mediático. 

Verheyen recordó que el ecosistema editorial y mediático es un tejido delicado: si se interrumpe la circulación de libros, prensa y revistas, se afecta también a la libertad académica, al acceso a información fiable y a la capacidad de Europa para seguir siendo un centro de referencia científica y cultural.

Su mensaje resonó en un momento clave, reforzando el argumento de que la protección de los bosques no debe hacerse a costa de poner en peligro la infraestructura intelectual del continente.

Rectificar sin renunciar: un equilibrio entre sostenibilidad y cultura

Lo más relevante del acuerdo alcanzado es que no renuncia al objetivo ambiental de la EUDR. La exclusión de los productos impresos no significa que el papel se librará de los requisitos: todo el material utilizado en libros, periódicos y revistas seguirá estando sujeto a las obligaciones de la normativa a nivel de materia prima.

La diferencia es que el reglamento se centra ahora en el punto adecuado: la madera, no el libro.

Las asociaciones que impulsaron la enmienda insistieron en que excluir los productos impresos no debilita la ambición climática, sino que corrige una incoherencia que, de no haberse rectificado, habría generado un daño masivo a sectores que sostienen la cultura, la educación, la información y el debate democrático en Europa.

La decisión aún debe ser adoptada formalmente, pero para el mundo editorial y mediático europeo, el alivio ya es palpable. No es solo que los libros y periódicos queden fuera de la EUDR. Es, sobre todo, que Europa ha reconocido que proteger los bosques y proteger la cultura no son objetivos incompatibles: son dos partes esenciales del mismo futuro sostenible.

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