Best Online

X (Twitter)
LinkedIn

La Comisión Europea ha publicado el código que guiará el etiquetado de los contenidos generados por inteligencia artificial, antesala de las obligaciones que entran en vigor el 2 de agosto. Para las redacciones, la clave está en una excepción decisiva: la responsabilidad editorial humana.

La pregunta ya no es si la inteligencia artificial entra en las redacciones —lo ha hecho, y a gran velocidad—, sino cómo decirle al lector qué hay detrás de lo que lee. En un ecosistema donde un texto, una imagen o un audio sintéticos son indistinguibles a simple vista de los reales, la transparencia se ha convertido en la nueva frontera del oficio. Y, por primera vez, esa frontera empieza a tener reglas escritas.

La Comisión Europea publicó el pasado 10 de junio el Código de buenas prácticas sobre marcado y etiquetado de contenidos generados por inteligencia artificial, una herramienta voluntaria concebida para ayudar a cumplir las obligaciones de transparencia del artículo 50 del Reglamento Europeo de Inteligencia Artificial. No es un texto menor: esas obligaciones empiezan a aplicarse el 2 de agosto de 2026 y exigen que los llamados deepfakes y los textos generados o manipulados por IA que informen al público sobre asuntos de interés general estén claramente etiquetados, que el contenido sintético incorpore un marcado legible por máquinas y que los usuarios sepan cuándo están interactuando con un sistema automático, como un chatbot. La propia Comisión ha diseñado un juego de iconos para señalizar visualmente cuándo una pieza ha sido creada con IA.

Hasta aquí, la lectura podría inquietar a cualquier redacción: si todo lo que toca la IA debe etiquetarse, ¿queda el periodismo bajo permanente sospecha de artificialidad? La respuesta está en la letra pequeña, y es una buena noticia para la profesión. El código incorpora una excepción decisiva relativa a la responsabilidad editorial: los textos revisados por personas y publicados bajo la responsabilidad de un medio de comunicación o de un editor no quedan sujetos a las mismas obligaciones de etiquetado que el resto de contenidos automatizados. Dicho de otro modo, la legislación europea reconoce el proceso editorial humano —la revisión, el contraste, la firma— como el mecanismo de control y verificación que distingue al periodismo de la generación automática indiscriminada.

Es un matiz que merece subrayarse, porque convierte en activo lo que parecía una carga. La norma no penaliza al periodismo que se apoya en herramientas de IA; penaliza la opacidad y la automatización sin supervisión. La responsabilidad de una cabecera sobre lo que publica deja de ser una formalidad para convertirse en la línea que separa la información fiable del contenido sintético sin rendición de cuentas.

Por qué importa esa línea lo ilustran, en negativo, los casos que ya se acumulan. En el Reino Unido, según ha documentado Press Gazette, «reporteros» automáticos han producido artículos plagados de errores para webs deportivas, un recordatorio de lo que ocurre cuando se delega la redacción en la máquina sin filtro humano. En Alemania, el uso de IA por parte de algunos medios ha desatado ya una polémica pública sobre su credibilidad. La conclusión es siempre la misma: la automatización sin supervisión no abarata el periodismo, lo erosiona, y arrastra consigo la confianza del lector.

Queda, eso sí, una cuestión abierta y nada trivial: cómo etiquetar sin ahuyentar. Diversos estudios recogidos por NiemanLab analizan de qué manera deben las redacciones comunicar a su audiencia el uso que hacen de la IA, y el debate no es sencillo. Existe evidencia de que una parte del público reacciona con rechazo ante la simple etiqueta «IA», que asocia con falta de esfuerzo o de fiabilidad. La transparencia no se resuelve estampando un sello genérico: exige explicar con precisión qué ha hecho una persona y qué ha asistido una máquina, de modo que la divulgación refuerce la confianza en lugar de minarla. El cómo, en esto, importa tanto como el qué.

El mapa que emerge es claro. La diferencia ya no estará entre los medios que usan inteligencia artificial y los que no, sino entre quienes la emplean bajo responsabilidad editorial y con transparencia y quienes la sueltan sin control sobre el ecosistema informativo. Lo primero es, a la vez, una obligación que la regulación europea empieza a perfilar y una ventaja competitiva: la garantía de que detrás de cada publicación hay un criterio humano que responde de ella.

Desde AMI seguimos con atención el despliegue de este marco europeo y reivindicamos un principio que el propio código consagra: la responsabilidad editorial humana es la mejor garantía de fiabilidad en la era de la inteligencia artificial. Defendemos estándares de transparencia claros, aplicables y proporcionados, que protejan al lector frente al engaño sin asfixiar a las redacciones ni equiparar el periodismo profesional con la automatización anónima. Y animamos a los editores a dotarse desde ya de políticas internas explícitas sobre cuándo y cómo se utiliza la IA, porque la credibilidad de todo el sistema informativo dependerá, cada vez más, de que la línea entre el periodismo supervisado y la máquina sin rostro permanezca siempre visible. La tecnología cambiará muchas cosas; la responsabilidad sobre lo que se publica no puede ser una de ellas.

Social media & sharing icons powered by UltimatelySocial
Social media & sharing icons powered by UltimatelySocial