La dignidad del oficio, una causa que empieza dentro
Frente a la tentación de explicar la crisis de confianza como un ataque exterior, las asociaciones profesionales españolas hacen algo más difícil y más valiente: mirar hacia dentro, reclamar autocrítica y volver a marcar la línea que separa el periodismo del ruido que se disfraza de periodismo.
Es fácil contar la crisis de credibilidad del periodismo como una historia de víctimas: las plataformas que se quedan con la atención, la desinformación que corre más rápido que la verificación, la polarización que convierte cualquier noticia en munición. Todo eso es real. Pero hay una manera más exigente de plantear el problema, y es la que ha elegido la Asociación de la Prensa de Madrid en su manifiesto Por la dignidad del periodismo: reconocer que la confianza no se recupera señalando a los demás, sino respondiendo por el propio trabajo.
El documento, hecho público a finales de junio y suscrito también por la Federación de Asociaciones de Periodistas de España (FAPE), no esquiva el diagnóstico. “Nos sentimos anclados en una crisis de credibilidad y confianza”, admite sin rodeos, en un contexto que describe como muy polarizado. Frente a ese punto de partida incómodo, la respuesta no es defensiva. La FAPE lo resume en una idea que cuesta escribir y cuesta más aún asumir: urge una regeneración ética del periodismo que refuerce la búsqueda de la verdad, la verificación de los hechos y su contraste con fuentes fiables.
Lo notable del manifiesto es que buena parte de sus siete puntos apunta al propio gremio antes que al adversario. Reclama que quien se defina como periodista asuma el Código Deontológico vigente desde hace más de treinta años. Propone un ejercicio de autocrítica constante para corregir los excesos que genera la presión de informar sin descanso. Y pide terminar con los cruces de descalificaciones en las redes, esos que enturbian la conversación pública y alejan al oficio de su propósito. Son compromisos que no cuestan nada firmar y mucho cumplir, y ahí reside precisamente su valor: obligan a quien los suscribe.
Hay, además, una distinción que el manifiesto traza con claridad y que conviene subrayar. No es lo mismo el periodista que hace preguntas incómodas —con argumentos y con respeto— que quien provoca tensión solo para acaparar el foco y generar contenidos de agitación en busca de viralidad. La diferencia, dice el texto, es que el periodista no grita, no impone, no ofende y, sobre todo, no busca ser protagonista, porque su función es servir de intermediario entre la fuente y el ciudadano. Reivindicar esa frontera no es corporativismo: es recordar qué es y qué no es periodismo en un momento en que la etiqueta se usa con demasiada ligereza.
Que sean las asociaciones profesionales —y no una cabecera concreta— quienes levanten esta bandera tiene un significado propio. La defensa de la calidad y la credibilidad no es un asunto de marca ni de competencia entre medios; es un bien común del sector, que solo se sostiene si se defiende en común. De ahí que el manifiesto cierre con una fórmula que suena rotunda y es, en el fondo, una definición: sin dignidad no hay periodismo, y sin periodismo no hay democracia.
Desde la AMI compartimos esa convicción y ese modo de plantearla. La credibilidad de los medios no se decreta ni se reclama a terceros: se gana cada día con rigor, verificación y respeto por el lector, y se pierde cuando se renuncia a ellos. Acompañar a las cabeceras en la defensa de la calidad informativa —y sostener el marco profesional y deontológico que la hace posible— es una prioridad para esta asociación, porque la información veraz y contrastada no es un servicio más: es la infraestructura sobre la que descansa la convivencia democrática. La dignidad del oficio, como recuerda el manifiesto, es la condición para que el periodismo cumpla su función. Empieza, siempre, por dentro.