El director editorial de Vocento, Fernando Belzunce, ha hablado con AMI sobre las amenazas que hacen que actualmente el periodismo viva en “tiempos oscuros”: el impacto tecnológico y los oligopolios en internet, el ataque global a la prensa, la desinformación y la polarización son algunos de los desafíos.
En medio de las distintas amenazas que enfrentan el periodismo y la libertad de información, los medios de comunicación tienen hoy dos grandes retos: conseguir que su oferta editorial se destaque en medio del oligopolio de las plataformas tecnológicas y del ruido informativo, y sostener esa oferta con un modelo económico viable.
Con motivo de su último libro ‘Periodistas en tiempos de oscuridad’, desde la Asociación de Medios de Información (AMI) entrevistamos a Fernando Belzunce, director general editorial de Vocento. En sus páginas y en esta conversación, Belzunce aborda cómo el periodismo enfrenta actualmente amenazas inéditas, que no solo provienen de la violencia directa, sino también de la tecnología, los algoritmos, la polarización y la concentración de poder de las grandes plataformas.
Ante esta realidad, Belzunce recuerda que el periodismo es un pilar de la democracia que no puede darse por hecho, aunque a lo largo de la historia ha encontrado la forma de abrirse camino.
En la entrevista, el director editorial de Vocento reflexiona sobre la relación con la audiencia, la necesidad de transparencia, la defensa de los derechos de autor y la urgencia de fomentar el pensamiento crítico en la ciudadanía, ofreciendo un retrato honesto de los riesgos y oportunidades que enfrenta hoy la profesión.
AMI: ¿Cómo surgió este proyecto tan ambicioso de hacer este libro y entrevistar a más de 100 periodistas, directores, Premios Nobel o Pullitzer en todo el mundo?
Fernando Belzunce: Me motivó la sensación de que se habla muy poco de periodismo. Es curioso, porque nos pasamos la vida contando lo que les sucede a los demás, pero apenas reflexionamos sobre lo que nos pasa a nosotros. Y creo que en el periodismo están ocurriendo cosas tremendas: cambios profundos en los modelos de negocio, el impacto brutal de la tecnología, el hecho de que hayamos perdido el control sobre la distribución de nuestro propio contenido, ahora mediado por algoritmos opacos cuyo funcionamiento desconocemos.
También me preocupa la hostilidad creciente hacia la profesión, alimentada por determinadas corrientes políticas y sociales. El ciudadano medio no es del todo consciente de lo que está en juego con el periodismo. Al final, el periodismo está íntimamente ligado a la democracia.
AMI: Falta una mayor reflexión, aunque el libro deja claro que las preocupaciones de los periodistas son más o menos las mismas…
FB: Es algo que he notado mucho. Formo parte de varios consejos internacionales y me impresiona comprobar que periodistas de distintos países comparten las mismas inquietudes. En los debates surgen preocupaciones muy similares, y resulta increíble cómo en apenas una década todo ha cambiado de forma tan radical. Eso me animó a escribir el libro: pensé que cuanto más se sepa sobre lo que está pasando, mejor. Es solo un granito de arena, una pequeña contribución, pero me parecía necesario.
AMI: En el libro preguntas a los periodistas qué les llevó a elegir esta profesión. Muchos hablan de curiosidad, de amor por las historias y por contarlas. ¿Qué fue lo que te motivó a ti a elegir el periodismo y, sobre todo, a seguir en él? Porque, como bien dices, a veces las razones para empezar no son las mismas que las que te hacen continuar…
FB: Siempre me gustó mucho escribir y leer, así que el periodismo era un oficio que unía esas dos pasiones. Además, siempre tuve una curiosidad muy grande, muy innata, y parecía una profesión que lo abarcaba todo.
Pero una cosa es lo que imaginas del periodismo con 17 años y otra muy distinta es lo que descubres al ejercerlo. En mi caso, esa convicción llegó trabajando en El Correo, después de hacer prácticas en varios medios como TVE, Diario de Navarra o Diario de Burgos. En El Correo, en plena época del terrorismo de ETA, conocí a compañeros y jefes con valores y principios morales muy sólidos, gente valiente y determinada que trabajaba movida por un profundo sentido del deber y de la responsabilidad.
Era una redacción donde se vivía un ambiente muy difícil, incluso peligroso. ETA llegó a asesinar a periodistas y a directivos de medios, como al director financiero de El Diario Vasco. Yo no cubría atentados ni política, pero veía en ellos una ejemplaridad enorme: eran personas íntegras, referentes. Y eso me marcó. Me di cuenta de que este oficio se se ejerce desde una profunda honestidad moral. Aquellas personas ejemplares me hicieron ver que una vida guiada por principios así merece mucho la pena. Y no es poca cosa tener una brújula, una guía así, para orientarte en la vida.
Me di cuenta de que este oficio se se ejerce desde una profunda honestidad moral. Aquellas personas ejemplares me hicieron ver que una vida guiada por principios así merece mucho la pena.
AMI: Las historias en tu libro reflejan muy bien ese nivel de compromiso, cómo se elige esta profesión, pero también el coste que ha tenido para muchos periodistas: secuestros, amenazas, violencia sexual…
FB: Sí. Mucha gente no es consciente de eso, porque el periodismo no siempre tiene que ser tan épico. Pero hay vidas en el libro que muestran muy bien ese nivel de compromiso extremo, y me interesaba poner esas referencias. A veces el periodismo es más rutinario, más cotidiano, pero también implica un grado de entrega enorme, porque no es un oficio fácil.
Hay personas que han vivido esta profesión hasta el punto de convertirla en su vida, casi en una misión. En muchos casos, el periodismo y la vida personal se entrelazan hasta no poder separarse, y esas personas han pasado por episodios verdaderamente duros. Me parecía fundamental que fueran ellos quienes contaran cómo se sintieron, lo que vivieron, porque sus testimonios ejemplifican muy bien las emociones y las consecuencias que conlleva dedicarse de verdad a este oficio.
AMI: Estos secuestros, acosos, violencia sexual, asesinatos de compañeros, son una muestra, en su punto más crítico, de las amenazas que ha enfrentado y aún enfrenta el periodismo global. ¿Pero cuáles crees que son los factores que en definitiva caracterizan hoy a estos tiempos oscuros para el periodismo?
FB: Creo que son tiempos oscuros porque vivimos una época de cambios muy profundos, de un calado enorme. A veces me pregunto si estamos en una época de grandes transformaciones o, directamente, ante un cambio de época.
Cuando se avecina un cambio de época, los procesos se aceleran, y eso es lo que estamos viendo. Vivimos una transformación cultural inmensa impulsada por internet, y detrás de esa red están unas corrientes tecnológicas de un impacto brutal. Nunca ha habido empresas multinacionales tan poderosas como las actuales: compañías que manejan las riendas de internet y de la inteligencia artificial, y que tienen una capitalización bursátil mayor que el Producto Interior Bruto de algunos países con grandes economías internacionales. Es algo sin precedentes en la historia.
Por un lado, tenemos esa concentración de poder tecnológico y económico; por otro, unas corrientes políticas y sociales que alimentan la incertidumbre. Y en medio de todo esto hay un fenómeno clave: el papel de los algoritmos. Es increíble el impacto que tienen en cómo se consume la información a nivel mundial. Cada día, cientos o miles de millones de personas acceden a las noticias a través de sistemas automáticos que deciden qué vemos y qué no, y lo preocupante es que no sabemos realmente cómo funcionan esos algoritmos. No hay transparencia sobre su uso ni claridad sobre qué motiva que determinados contenidos se viralicen y otros se oculten.
Sabemos, eso sí, que estos sistemas tienden a premiar lo que genera más atención y consumo. Y los estudios son claros: los contenidos sensacionalistas, los que provocan indignación o refuerzan emociones extremas, se difunden con mucha mayor eficacia que los contenidos serios, de calidad o veraces. Hay una lógica económica detrás: el algoritmo favorece lo que más se consume, y lo que más se consume suele ser lo más llamativo, no necesariamente lo más veraz. Es un fenómeno muy triste: la mentira se propaga mucho más rápido que la verdad.
Además, ciertos grupos de interés han aprendido a explotar este sistema para promover sus agendas y manipular la opinión pública. En el libro aparece el caso de la periodista británica Carole Cadwalladr, quien destapó el escándalo de Cambridge Analytica. Esa empresa —como quedó probado judicialmente— utilizó de forma ilegal datos de Facebook para enviar mensajes dirigidos a millones de usuarios y alterar su intención de voto. Aquello tuvo un impacto directo en el Brexit y en las elecciones de Estados Unidos. No sabemos exactamente hasta qué punto influyó, pero su efecto fue real y demuestra hasta qué punto el ecosistema digital puede condicionar la democracia.
AMI: El libro también plantea el problema de la polarización…
FB: Vivimos un auge de los extremismos y del populismo, aunque no siempre basado en ideologías concretas. En realidad, muchos de esos populismos carecen de una base ideológica clara, pero están provocando una desestabilización profunda de las instituciones y de las sociedades tal y como las entendíamos hasta ahora. Me parece una época muy peligrosa porque, en el fondo, se está cuestionando incluso el concepto mismo de la verdad. Y eso no había ocurrido nunca.
Cuando llegamos a discutir si la verdad existe —cuando hablamos de posverdad o de verdades alternativas—, entramos en un terreno muy delicado. Si como sociedad no somos capaces de ponernos de acuerdo en una idea común de la verdad, ¿en qué vamos a ponernos de acuerdo? Todo está alterado.
Y dentro de este clima tan perverso, de tanta incertidumbre, donde no siempre sabemos quién mueve qué, donde se alimentan debates absurdos y todo parece desestabilizado, surgen ataques inéditos al periodismo. Siempre ha sido un oficio polémico, incómodo por naturaleza, pero profundamente humano. Detrás del periodismo hay personas, no algoritmos. Y las personas, claro, pueden cometer errores, aunque el periodismo acierta mil veces más de lo que falla.
El periodismo, en el fondo, es una institución independiente que vela por un derecho fundamental: el de los ciudadanos a recibir información seria, contrastada y de calidad, con la que puedan tomar decisiones. Eso es la base de una democracia. El periodismo garantiza ese derecho intrínseco de los ciudadanos que viven en sociedades libres: el derecho a estar bien informados.
Cuando se ataca de manera tan deliberada al periodismo, lo que en realidad se busca es eliminar esa entidad independiente que vigila al poder y facilita la información necesaria para que la sociedad funcione. Es muy peligroso, porque lo que se pretende es desintermediar, borrar al periodista como mediador entre el poder y el ciudadano.
Los ataques de Donald Trump a la prensa son tremendos, y lo mismo ocurre con Milei, con Bukele, con Orbán… y con muchos otros dirigentes. Algunos proceden de entornos claramente extremistas, pero otros vienen de partidos supuestamente moderados que han adoptado los mismos tics. ¿Por qué? Porque han visto que les funciona.
Cuando se ataca de manera tan deliberada al periodismo, lo que en realidad se busca es eliminar esa entidad independiente que vigila al poder y facilita la información necesaria para que la sociedad funcione. Es muy peligroso, porque lo que se pretende es desintermediar, borrar al periodista como mediador entre el poder y el ciudadano.
AMI: Esto es lo que en el libro se define como un ataque global a la prensa…
FB: Sí, hay un ataque global. Nunca antes habíamos visto un intento tan fuerte de deslegitimar el periodismo. Y cuando se deslegitima el periodismo, en realidad se está deslegitimando la democracia. A veces no somos del todo conscientes de eso.
Y creo que nunca debemos olvidar algo fundamental: cuando un político impide a un periodista acceder a determinada información, no se lo está negando a ese periodista ni a ese medio concreto: se lo está negando a la ciudadanía. Eso es algo que debemos recordar siempre.
AMI: Antes hablábamos de Internet. El libro muestra de forma muy clara ese punto de quiebre con su irrupción y la paradoja que la rodea: prometía democratizar la información, pero —como cuentan muchos de tus entrevistados— ha acabado generando concentración, oligopolio y desinformación. ¿Dónde se torció el camino y cómo podemos corregirlo?
FB: Durante siglos, el acceso al saber estuvo reservado a las élites, a las clases más pudientes. Por eso, pensar que Internet podía universalizar ese acceso generó una enorme esperanza: más igualdad, más oportunidades, y, en el fondo, la idea de que el conocimiento lleva a sociedades más abiertas, más democráticas. Parecía que Internet iba a multiplicar eso.
Pero luego te das cuenta de que no fue así. Hubo un momento en que Internet se torció: cuando las grandes compañías tecnológicas, determinados grupos de poder y figuras con una visión brillante de la tecnología ocuparon espacios y acabaron creando grandes monopolios. La regulación llegó demasiado tarde. Internet tuvo ese punto del viejo oeste: primero se conquistaba el territorio, y después, si acaso, se ponían las normas. Así surgieron empresas con un dominio tecnológico y económico descomunal, frente a las que resulta hoy muy difícil reaccionar.
Y ahí está el gran reto del periodismo actual. Un medio, en Internet, tiene que enfrentarse a dos grandes desafíos: por un lado, cómo lograr una audiencia amplia, fiel, y cómo conseguir que su discurso y su oferta editorial destaquen entre el ruido informativo; por otro, cómo sostener esa oferta en un modelo económico viable.
Vivimos inmersos en lo que la ONU ha definido como una infodemia, una sobreexposición constante a información de todo tipo. En ese maremágnum, el gran desafío es doble: abrirte camino para seguir siendo influyente y, al mismo tiempo, hacerlo de una manera sostenible. Ese es, sin duda, el gran lío de nuestro tiempo. Y no es poco.
AMI: Dentro de esta lucha por un modelo económico rentable, tiene mucha importancia el desequilibrio que hay en la competencia. Como sabes, la AMI —de la que forma parte Vocento— demandó a Meta por competencia desleal en el negocio publicitario y vulneración de datos personales. ¿Qué papel crees que tienen las plataformas tecnológicas dentro de ese desequilibrio y hasta qué punto podemos cambiar esta relación asimétrica?
FB: Siempre va a ser una relación muy complicada, porque partimos de intereses distintos, incluso opuestos, y eso hace que sea una relación estructuralmente tensa. Lo cierto es que estas plataformas han impuesto su propio modelo. Y es muy curioso, porque nunca ha habido empresas con tanto poder en la historia. Ni siquiera las grandes petroleras de los años ochenta alcanzaron semejante tamaño o capacidad de influencia.
Su poder es enorme, y su impacto sobre el mercado de los contenidos, descomunal, pese a que ellas no generan contenido. Han construido un modelo de negocio entero en torno a algo que no producen, ni del que se responsabilizan. Simplemente lo distribuyen, y además sin que sepamos muy bien con qué reglas lo hacen. Es un modelo basado en algoritmos que determinan qué vemos, cuándo lo vemos y cómo lo consumimos, pero sin transparencia alguna. Nadie sabe exactamente cómo operan, ni bajo qué criterios jerarquizan la información. Y, sin embargo, esos algoritmos están moldeando nuestras percepciones, nuestros hábitos y la manera en la que entendemos la realidad.
Todo eso se sostiene sobre un dominio tecnológico brutal. Es cierto que han tenido una inteligencia y una capacidad de ejecución extraordinarias, pero el impacto que han tenido sobre el periodismo ha sido enorme. No sé hasta qué punto son conscientes del daño que hacen. Han traído avances indudables y han generado muchas oportunidades, pero también han causado efectos muy negativos. Sobre todo cuando la lógica económica se impone por completo sobre cualquier otra lógica —social, democrática o ética— y cuando hablamos de negocios que apenas están sujetos a vigilancia o regulación real.
Hay un libro muy revelador, Los irresponsables, de Sarah Wynn-Williams, que fue directora de políticas públicas globales de Meta. Desde dentro, describe con claridad la falta de valores y la ausencia total de visión democrática entre los líderes de la compañía. Habla de cómo ven la expansión de Meta en el mundo solo como una conquista económico-tecnológica, sin ninguna intención de aprovechar el enorme poder de la plataforma para fortalecer las sociedades libres o promover los valores democráticos. Esa idea, simplemente, no forma parte de su propósito.
Su poder es enorme, y su impacto sobre el mercado de los contenidos, descomunal, pese a que ellas no generan contenido. Han construido un modelo de negocio entero en torno a algo que no producen, ni del que se responsabilizan.
AMI: En cambio, esta discusión sobre valores y principios siempre se ha dado dentro de los medios de comunicación…
FB: Exactamente. Son debates sobre principios éticos que los medios han tenido desde su origen. A veces a algunos les sorprende que los medios respondan a una línea editorial, pero eso no es contradictorio con el rigor informativo. La información debe aspirar a ser lo más honesta, basada en datos y objetiva posible, pero los medios, además, representan y defienden una serie de valores. Esa línea editorial refleja los principios y las convicciones de las sociedades y de las audiencias a las que se dirigen. Los medios defienden valores democráticos, cívicos, sociales, porque forman parte del contrato con su comunidad. En cambio, las plataformas tecnológicas son otra cosa.
AMI: Como decías, la tecnología avanza mucho más rápido que las regulaciones. Y esto también lo estamos viendo con la inteligencia artificial, que en el libro aparece como una gran prueba de fuego. ¿Qué riesgos y qué oportunidades ves en ella?
FB: Para mí, el mayor riesgo de la inteligencia artificial es que va a multiplicar exponencialmente la desinformación. La desinformación ha existido siempre. Mario Tascón lo mostraba muy bien en una exposición en la Fundación Telefónica, con ejemplos de bulos y mentiras que se remontaban a la época de los emperadores romanos. Pero hoy estamos, literalmente, en la era de la desinformación. Lo que cambia ahora es la escala: el alcance y la velocidad con que los bulos se propagan a través de los algoritmos y las redes sociales es algo que antes habría sido impensable.
La inteligencia artificial lleva eso mucho más lejos. Si internet ya eliminó las barreras industriales —porque cualquiera puede publicar un contenido en redes sociales—, la IA elimina ahora las barreras de la manipulación. Ya no es solo que puedas subir contenido: puedes fabricarlo. Puedes falsear una imagen, un video o una voz con una facilidad inquietante. Lo que antes requería equipos, tiempo y recursos, hoy se puede hacer en segundos. Y eso convierte a la desinformación en un fenómeno mucho más peligroso. Entramos en una etapa donde creer o no creer algo va a ser casi una cuestión de fe. Ya no sabremos qué es real y qué no.
Ahora bien, la IA también tiene su lado positivo. Es una herramienta extraordinariamente poderosa que puede aumentar la productividad y liberar al periodista de tareas repetitivas o mecánicas. En el periodismo de investigación, por ejemplo, permite procesar volúmenes de información inmensos, detectar patrones y obtener hallazgos que antes requerían meses de trabajo.
El director del San Francisco Chronicle contaba en el libro cómo tenían miles de páginas de documentos del Ayuntamiento de Oakland que habrían tardado meses en analizar, y gracias a una periodista experta en IA lograron procesarlo todo en unas horas. Eso es revolucionario.
Además, la IA ofrece posibilidades enormes para el periodismo visual, las narrativas inmersivas, las infografías o la recreación de fenómenos naturales. Puede ayudarnos a contar mejor las historias y a hacer un periodismo de mayor calidad.
AMI: Hay una alarma por esa posible proliferación de desinformación, pero también por cómo se están usando los contenidos de los medios, apropiándose de ellos sin compensar a los autores.
FB: Ahí entra el debate de lo que Bruno Patiño llama en el libro la economía contributiva. Si se reconociera la aportación que los medios de comunicación han hecho al desarrollo de la inteligencia artificial —porque buena parte de estos modelos se entrenan con contenidos periodísticos—, la situación sería distinta. Reconocer esa contribución reforzaría mucho los modelos de negocio de los periódicos. Pero si no se reconoce, y las plataformas siguen utilizando nuestro trabajo para alimentar sus sistemas sin compensar a los autores, el equilibrio se rompe. Es un tema clave y todavía está todo por verse.
AMI: Por eso hoy vemos esta lucha tan decidida de muchos medios por defender los derechos de autor…
FB: Exacto. Durante el último siglo hubo un consenso sólido y una gran seguridad en torno a los derechos de autor. Nuestro negocio se sostiene en buena parte sobre eso: sobre el copyright. Pero ahora todo vuelve a estar en cuestión.
Casos como la demanda del New York Times en Estados Unidos, que todos seguimos con atención, van a ser decisivos para entender hacia dónde va esta discusión. Es un momento complicado.
AMI: Todo parece estar en un terreno de incertidumbre. Es curioso porque en tu libro recoges testimonios de periodistas que han enfrentado dictaduras, guerras, violencia y amenazas directas a la libertad de prensa. ¿Pareciera hoy que a nivel general las amenazas son más sutiles, tecnológicas o económicas?
FB: Hoy hay amenazas soterradas, opacas, que no sabes bien identificar ni quién las genera, pero ahí están, y eso hace que el momento sea muy incierto. Muchas veces no entendemos de dónde vienen ni por qué.
Por ejemplo, en sucesos como la DANA o los incidentes en Torre Pacheco, circuló mucho material deliberadamente falso en Internet. No eran solo bromistas; había una acción planificada. Eso da pavor.
A la vez, en el espacio virtual vemos comportamientos de amedrentamiento masivo contra periodistas. Ya no se trata de daño físico sino de ataques psicológicos y de reputación a gran escala, como los que sufrió María Ressa, premio Nobel de la Paz, tras investigar el narcotráfico en Filipinas durante el régimen de Duterte. Recibió medio millón de ataques en redes sociales, auditados por un instituto suizo: videos falsos, imágenes manipuladas, caricaturas humillantes… Una presión brutal, diseñada para ridiculizarla ante toda la sociedad. Y muchas personas ni siquiera perciben que detrás hay grupos que pagan por estas campañas.
Hoy hay amenazas soterradas, opacas, que no sabes bien identificar ni quién las genera, pero ahí están, y eso hace que el momento sea muy incierto. Muchas veces no entendemos de dónde vienen ni por qué.
AMI: En medio de todo este ruido, ¿cómo pueden los medios reconstruir la conversación pública?
FB No quiero decir qué hay que hacer exactamente, porque es muy fácil hablar, pero el libro muestra la necesidad de acercarse a la audiencia y ser más transparentes: explicar qué hacemos, cómo lo hacemos y reconocer los errores. Este es un oficio que lo ejercen personas, y nos dirigimos a personas, así que debe haber un vínculo más estrecho.
Creo que los periódicos se han distanciado un poco de la sociedad. Damos por hecho que todos entienden nuestro trabajo, pero no es así. Martín Baron en el libro lo resume muy bien: hay que explicar mucho cómo surge una investigación, qué llamadas se han hecho, cuál es el propósito. Eso genera comprensión, respeto y vínculos más sólidos.
Cuando invitamos a grupos de lectores a visitar un periódico y conocer a los periodistas, se emocionan. Ese acercamiento debería multiplicarse. Y, además, debemos aspirar a ofrecer información de gran calidad que permita a los ciudadanos desarrollar criterio y pensamiento crítico.
AMI: Y para terminar, Fernando, ¿aún queda lugar para la esperanza?
FB: Yo pienso que sí. Este oficio merece muchísimo la pena. Aunque todo esté en ebullición, el periodismo siempre se abre camino. La historia lo demuestra.
En un momento de saturación y ruido, los medios y los periodistas que mantengan fiabilidad y credibilidad se impondrán. Es, también, una época apasionante para ser periodista. Puede parecer paradójico: aunque es un tiempo duro, es relevante, significativo y lleno de oportunidades para ejercer esta profesión.
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