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Los editores llevan a Meta a los tribunales por entrenar su IA con obras protegidas

Cinco grandes editoriales y un autor de prestigio han demandado a Meta en Estados Unidos por usar millones de libros y artículos sin permiso para alimentar sus modelos de inteligencia artificial. El caso abre un frente jurídico que, leído junto a la reciente sentencia del Tribunal de Justicia de la UE, dibuja un mismo mensaje a ambos lados del Atlántico. Los contenidos tienen dueño, tienen valor y nadie entrena modelos gratis.

El 5 de mayo, cinco editoriales de primer nivel —Elsevier, Cengage, Hachette Book Group, Macmillan y McGraw Hill— presentaron, junto al escritor Scott Turow, una demanda colectiva contra Meta Platforms y su consejero delegado ante el Tribunal Federal del Distrito Sur de Nueva York. La acusación es contundente: infracción dolosa de derechos de autor. Según el escrito, la compañía descargó de forma masiva millones de libros y artículos académicos desde sitios piratas, mediante «torrenting», para entrenar Llama, su familia de grandes modelos de lenguaje. Y lo hizo, sostienen los demandantes, eliminando la información de gestión de derechos (CMI) —los datos que identifican al autor y al titular de la obra— para borrar el rastro de su procedencia.

La demanda no se queda en la empresa. Atribuye al propio fundador y consejero delegado de Meta haber «autorizado personalmente y alentado activamente» la infracción, un matiz que eleva el caso de la negligencia corporativa a la decisión consciente. Entre las obras presuntamente utilizadas figuran desde manuales y artículos científicos hasta novelas premiadas, y los demandantes citan títulos como The Fifth Season, de N. K. Jemisin, o The Wild Robot, de Peter Brown. La lista importa porque ilustra el argumento de fondo: lo que entra en los modelos son catálogos enteros de creación protegida, obras completas con autor y editor reconocibles.

El nudo del caso: cómo se entrena una máquina

Lo que está en juego es una pregunta que la industria tecnológica ha preferido dejar abierta durante años: ¿puede una empresa usar obras protegidas, sin licencia ni pago, para entrenar un modelo comercial? Las grandes plataformas suelen ampararse en doctrinas como el «uso justo» estadounidense, alegando que el entrenamiento transforma el material y no compite con la obra original. Los demandantes replican que descargar desde repositorios piratas y borrar la información de autoría configura una apropiación a escala industrial.

El detalle técnico de la CMI es más relevante de lo que parece. Eliminar los metadatos que identifican una obra responde a un propósito: permitir que el contenido entre en la tubería del modelo sin dejar huella de a quién pertenece. Si los tribunales aceptan ese argumento, la conversación deja de girar solo en torno a si entrenar con obras ajenas es lícito, y pasa a incluir la cuestión, mucho más incómoda, de la ocultación deliberada del origen.

Una misma idea a los dos lados del Atlántico

El caso estadounidense no llega aislado. Apenas una semana después de la demanda, el 12 de mayo, el Tribunal de Justicia de la Unión Europea confirmó el derecho de los editores de prensa a controlar el uso de sus contenidos por parte de los prestadores digitales y a obtener una remuneración equitativa, y avaló que los Estados miembros articulen en sus leyes mecanismos para hacer efectivo ese derecho. Son dos vías distintas —el litigio privado en Nueva York, la doctrina jurídica en Luxemburgo— que convergen en el mismo punto: el contenido tiene un titular, y ese titular decide.

Esa convergencia es la que conviene subrayar. Durante mucho tiempo, el discurso dominante presentó el entrenamiento de la IA como un hecho consumado, casi una fuerza de la naturaleza ante la que los creadores solo podían resignarse. Lo que muestran estas semanas es que el marco jurídico empieza a moverse en sentido contrario. En Europa, reconociendo y reforzando el derecho de los editores. En Estados Unidos, sometiendo a escrutinio judicial las prácticas con las que se construyeron algunos de los modelos hoy más extendidos.

Por qué interesa al sector

Para los medios de información, el pleito contra Meta es algo más que una noticia internacional. Es la confirmación de que la defensa de los derechos de autor frente a la inteligencia artificial ha dejado de ser un debate teórico para convertirse en litigio con cifras y responsables concretos. En la Asociación de Medios de Información conocemos de cerca ese terreno. La propia victoria judicial contra Meta por competencia desleal —que se saldó con una condena de 479 millones de euros— demostró que las plataformas pueden y deben responder ante la justicia cuando su modelo de negocio se construye sobre el trabajo ajeno.

La lección que une todos estos episodios es sencilla de enunciar y difícil de ignorar: ni el periodismo ni la creación editorial son materia prima gratuita. Entrenar un modelo con libros, artículos o noticias es usar un producto que alguien ha financiado, verificado y publicado. Que ese uso se reconozca, se licencie y se remunere no es una pretensión maximalista del sector, sino la condición para que siga existiendo algo que merezca la pena entrenar.

La demanda presentada en Nueva York pone esa idea por escrito ante un juez. El tiempo dirá cuánto vale. El rumbo, en los tribunales europeos y en los estadounidenses, apunta cada vez más claro en la misma dirección.

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