La semana pasada dejó dos hechos que apuntan al mismo debate desde lados distintos. El jueves 7 de mayo, News Corp (matriz del Wall Street Journal, The Times, The Sun, New York Post y The Australian) presentó sus resultados del tercer trimestre fiscal de 2026 con un crecimiento de los ingresos del 9 % hasta los 2.200 millones de dólares y un EBITDA un 18 % superior, encadenando doce trimestres consecutivos de aumento de la rentabilidad. El día anterior, 6 de mayo, Google había anunciado en su blog oficial cinco actualizaciones de AI Overviews y AI Mode, con el etiquetado «Subscribed» como pieza más visible para señalar los enlaces procedentes de publicaciones a las que el usuario está suscrito.
El consejero delegado de News Corp, Robert Thomson, lo resumió en una frase muy citada en la prensa internacional. La estrategia de la compañía frente a las plataformas es «a woo and a sue»: cortejarlas como socias cuando es posible y demandarlas cuando se apropian del contenido sin autorización. En la presentación de resultados, Thomson llegó más lejos al describir el papel de la propiedad intelectual. «La propiedad intelectual impulsa la IA y es un input imperativo». Añadió que, sin contenido original, los modelos quedan reducidos a infraestructura inerte: «electricidad sin alacridad, edificios sin facturación, chips sin chispa».
Acuerdos, demandas y caída del tráfico
News Corp ha firmado acuerdos con OpenAI, Meta y Amazon para licenciar sus contenidos. Mantiene a la vez una demanda activa contra Perplexity por uso no autorizado y, a través de su filial HarperCollins, recibirá su parte del histórico acuerdo de 1.500 millones de dólares alcanzado el pasado septiembre con Anthropic por el uso de cerca de 500.000 obras pirateadas para entrenar sus modelos, en su condición de co-titular de derechos junto con los autores afectados.
La combinación de acuerdos comerciales y vías judiciales se ha generalizado en el sector. Reach, Axel Springer, Le Figaro, Süddeutsche Zeitung, Prisa o The Washington Post han suscrito en los últimos meses acuerdos con compañías de IA. The New York Times, Dow Jones, Forbes, Condé Nast, The Atlantic, Los Angeles Times o Penske Media mantienen demandas abiertas contra OpenAI, Microsoft, Perplexity, Cohere o Google. En noviembre, un tribunal federal estadounidense rechazó la solicitud de Cohere de desestimar la demanda interpuesta por catorce editores, en una decisión que la propia industria considera un punto de inflexión.
Google, que figura entre las plataformas con demandas abiertas, ensayó la pasada semana una respuesta por la vía del producto. La compañía presentó el 6 de mayo cinco cambios en sus productos de búsqueda con IA, y el más relevante para los editores es la etiqueta «Subscribed». Cuando un usuario consulta AI Overviews o AI Mode y la respuesta incluye contenidos procedentes de una cabecera a la que está suscrito —y siempre que haya vinculado previamente esa suscripción a su cuenta de Google— los enlaces aparecen señalizados. Según la propia compañía, en las pruebas iniciales los usuarios mostraron una probabilidad «significativamente mayor» de hacer clic en los enlaces etiquetados. El paquete incluye además más enlaces dentro del texto de las respuestas, vistas previas al pasar el cursor, un nuevo bloque de «exploración adicional» y citas directas de fuentes como Reddit y foros especializados.
El gesto está lejos de zanjar el debate. Diversos estudios documentan el impacto de las respuestas generativas sobre el tráfico de los editores. Una investigación publicada en febrero por la plataforma Ahrefs estimaba que AI Overviews ha reducido la tasa de clics del primer resultado de búsqueda en un 58 %. Datos de Chartbeat publicados en marzo cifraban en un 60 % la caída del tráfico de referencia para los pequeños editores, un 47 % para los medianos y un 22 % para los grandes en los dos últimos años.
La etiqueta «Subscribed» supone, en este contexto, un reconocimiento implícito de Google de que los modelos de suscripción son una pieza clave del ecosistema informativo y de que su sostenibilidad pasa también por la visibilidad de sus contenidos en las nuevas superficies de búsqueda. Su alcance real dependerá de cuántos lectores acaben vinculando sus suscripciones a su cuenta de Google.
El equilibrio que defiende la AMI
Para los editores europeos, y muy especialmente para la prensa escrita representada en la AMI, estos movimientos abren una oportunidad real. Los editores llevan años defendiendo que los contenidos periodísticos tienen un valor económico que las plataformas deben reconocer y compensar. Ese principio se ha instalado en la conversación pública con un peso que hace dos años parecía impensable.
Los términos concretos de ese reconocimiento se están negociando ahora en buena medida grupo a grupo, sin un marco europeo común que asegure condiciones equitativas para cabeceras de distinto tamaño. El riesgo de un mercado fragmentado, en el que los grandes grupos cierren acuerdos individuales y la prensa regional o de menor escala quede al margen, es real y se cita ya como preocupación en los análisis del Reuters Institute y de Press Gazette.
A los editores españoles este debate les llega además en plena reflexión sobre la viabilidad económica del sector. Los acuerdos de Prisa con Meta o de Reach con Amazon señalan una vía. Las demandas de los editores estadounidenses contra Perplexity, Cohere o Google señalan otra. Ambas son legítimas y, probablemente, complementarias.
Desde la AMI defendemos que esta es una oportunidad histórica para la prensa escrita europea. Los grandes actores tecnológicos reconocen ya, por la vía de los hechos, que la información verificada es imprescindible para sus modelos. El reto ahora es traducir ese reconocimiento en condiciones reales, transparentes y sostenibles para todos los editores, no solo para los grandes grupos. En eso seguirá trabajando la patronal de los editores españoles esta primavera con las administraciones, las plataformas y el conjunto del sector.